EL 4 DE JUNIO DEL 43

Recuerdo en este momento los versos de una canción de un dúo folclórico amigo que, en su obra Canto de Amor y Paz, decía: ".....El 17 de octubre comienza el amanecer... se escucha un grito en la calle: queremos al coronel". Y ese coronel no era otro que Juan Domingo Perón, y ese grito salía de miles de gargantas humildes, hombres y mujeres que desde los suburbios avanzaban, en el calor de ese día, hacia la Plaza de Mayo. Roncas gargantas leales y agradecidas que no abandonaban a su suerte al hombre que se jugó por ellos.
Ahora bien, ese día, ese 17 de octubre de 1945, tenía un antecedente; había un antes y un después. El 4 de junio de 1943, las Fuerzas Armadas se habían sublevado en contra de la corrupción imperante en el país, bajo la conducción de un gobierno oligárquico.
De entre las filas de ese ejército, el pueblo comenzó a sentir una sigla y también un nombre: G.O.U. (Grupo de Oficiales Unidos) y Coronel Perón. Esa sigla y ese nombre comenzaron a quedar grabados en la historia y en la memoria de los trabajadores argentinos. Porque la Revolución de Junio de 1943 no fue una asonada más de militares tan corruptos como los políticos que se proponían, con el solo efecto, ocupar su lugar. En ese grupo de soldados había uno que se destacaba por sobre los demás, un hombre del destino, alguien que venía a cumplir una misión sagrada.
Y este hombre, rechazando honores y nombramientos importantes, se hizo cargo del humilde Departamento Nacional del Trabajo, un ignoto organismo que solo se dedicaba a hacer estadísticas y ninguna otra cosa, salvo defender los intereses de los patrones.
Porque al orden conservador, tal como se denominó a los gobiernos que se sucedieron en el poder hasta 1943, solo le interesaba incrementar sus fortunas y las de sus mandantes imperiales, sean estos británicos o estadounidenses, porque Argentina era el granero del mundo contemporáneo, el país de las vacas gordas y los peones flacos.
El Coronel se hizo cargo de ese organismo y su primera tarea fue conformar un equipo, porque nadie se salva solo. Y tal como posteriormente diría el Papa Juan XXIII: "...vamos a abrir las ventanas para que entre aire fresco, aunque algunos se resfríen...". Y el Coronel Perón abrió las ventanas de par en par para que el viento de la renovación revolucionaria se hiciera presente en ese organismo burocrático, y junto con el aire fresco entró la justicia social y las reivindicaciones de los humildes tantas veces olvidadas, la dignidad de los trabajadores argentinos como titulares de derechos.
Y de pronto ese oscuro organismo se transformó en la Secretaría de Trabajo y Previsión, porque mejor que decir es hacer, y el Coronel vino para hacer cosas. Y a partir de ese momento comenzaron a sucederse leyes y decretos que hacían realidad derechos postergados por largos años de injusticia, porque como dice nuestra literatura criolla: "son campanas de palo los reclamos de los pobres".
Y en una lista interminable comenzaron a ver la luz el aguinaldo, las vacaciones pagas, el Estatuto del Peón Rural, la indemnización por despido, las paritarias y cientos de derechos y beneficios para que los trabajadores argentinos recuperaran esa dignidad que nunca los oligarcas vendepatria habían respetado.
Por eso, ante la ofensiva de la oligarquía partidocrática (radicales, conservadores, socialistas, comunistas y otras yerbas inmundas), que detuvieron al Coronel del pueblo y lo encarcelaron en la Isla Martín García, el pueblo trabajador, organizado en masa, ganó las calles de la Capital y de las principales ciudades del país para reclamar la inmediata libertad del que, a partir de ese momento, sería bautizado con lágrimas de esperanza como Padre del Trabajador.
Todo lo demás es historia reciente, por desgracia repetida. Pero eso lo tratamos en otro escrito.
Rircardo Blanco
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